RETORNO A SEVILLA CON EL AVE

 

La ultima vez que visité Sevilla fue en la Exposición Universal de 1992 –no han pasado años- pero me dije que tenía que regresar algún día ya que quedaron muchos lugares por recorrer; y ese día llegó el pasado 28 de junio acompañada de un grupo de medios de comunicación y a bordo del AVE, a través de la nueva conexión entre Andalucía y la Comunidad Valenciana, con la presencia del gerente de Mercado de los Servicios Transversales de RENFE, Félix Martín.

Al llegar a la capital hispalense visitamos el Real Alcázar, complejo palaciego construido en la Alta Edad Media sobre un asentamiento romano y visigodo, que es un conglomerado armónico de estilo almohade, gótico, mudéjar, renacentista y barroco con multitud de estancias: del Palacio islámico sólo se conserva el Patio de Yeso del que se ha descubierto recientemente su similitud al de la Alhambra; en el Palacio mudéjar o de Pedro I se encuentra la Sala de la Justicia, Cuarto del Almirante, Casa de la Contratación, Patio de las Doncellas, Alcoba Real, Salón de Embajadores, Patio de las Muñecas, Cuarto del Príncipe, Salón del Techo de Felipe II; y en el Palacio Gótico tenemos el Patio del crucero, la Capilla, Sala gótica (de las bóvedas) y Salón de los Tapices. Está adornado de tan maravillosos jardines que parece el paraíso terrenal. Actualmente es residencia oficial de los Reyes de España y de jefes de estado, está declarado Patrimonio de la Humanidad y ha sido sede de importantes acontecimientos históricos y bodas reales como la de Carlos I e Isabel de Portugal y la infanta Elena y Jaime de Marichalar.

Gracias al deseo expresado por muchos viajeros, se ha conseguido unir definitivamente, desde el 17 de junio, dos comunidades que aspiran estar en contacto, mediante una variante ferroviaria construida en Torrejón de Velasco (Madrid), que conecta la línea Andalucía-Madrid con la de Madrid-Valencia sin detenerse en la capital de España. Circulan dos trenes al día, uno en cada sentido, con paradas intermedias en Córdoba, Puertollano, Ciudad Real y Valencia, y una duración de viaje de 3 horas 50 minutos. También hay una conexión de Valencia con Málaga, ida y retorno, con trenes AVE Málaga-Córdoba y Córdoba-Valencia y un solo billete, en 4 h. 12 minutos, y de Valencia con Cádiz (tren media distancia Cádiz-Sevilla y AVE Sevilla-Valencia con un solo billete y un recorrido en la ida Valencia-Cádiz de 6 h 18 minutos y el retorno en 19 minutos más).

Con un total de 1544 viajeros en la primera semana de servicio y una media hasta el pasado 30 de junio de 400 personas diarias, ofrece la gran ventaja de la comodidad y la rapidez, reduciendo el trayecto hasta un 50 por ciento con respecto al Alaris, que todavía circula para los que disfrutan del paisaje o buscan precios más asequibles para sus bolsillos.

 

Silvia Gonzalo

 

 

CIEN AÑOS DE PRENSA FALLERA

Hasta el 31 de marzo se podrá visitar en El Corte Inglés Ademuz la exposición Cien Años de Prensa Fallera, dedicada, principalmente, para conmemorar el centenario de la aparición de la revista Pensat i Fet, cuya efeméride se cumplió el año pasado. No fue la primera publicación sobre nuestra gran fiesta, pero sí la que ha tenido mayor continuidad –de 1912 a 1972- con la lógica excepción de los tres años de la guerra española y la especial del año 1946 por presiones políticas tendentes a la incorporación del castellano en sus páginas.

Fueron cincuenta y siete números explicando en valenciano, de cuya lengua Pensat i Fet fue firme defensora, el ingenio y gracia de lo que aportaba cada falla con la adición de numerosas colaboraciones de escritores e intelectuales, y siempre apurando al máximo el soslayamiento de la censura en las diferentes épocas políticas habidas en su larga trayectoria editorial. Fue una revista fallera pero también literaria, que a partir de 1945 optó por publicar sólo en verso para obviar las prohibiciones lingüísticas y esconder mejor sus satíricas denuncias sobre la despersonalización valenciana.

En la exposición tienen su apartado especial publicaciones falleras anteriores a Pensat i Fet, como fueron L’Araña Negra entre 1888 y 1890, Les Falles de San Chusep entre 1906 y 1913, y Les Falles en 1907.

Pensat i Fet y las posteriores revistas falleras – El Cohet, El Fallero Mayor, Carcasa Fallera, Concurso Fallero, La Despertá,…. – fueron desapareciendo por el avance de otras publicaciones como El Turista Fallero y Actualidad Fallera, que siguen en activo, y los extensos suplementos monográficos de los diarios de información general.

La exposición, preparada por la Federació de Falles Benicalap-Campanar con la colaboración de El Corte Inglés, es un merecido recuerdo a quienes nos precedieron en la hermosa labor de divulgar Las Fallas de Valencia y, especialmente, a los que 101 años atrás se pusieron como meta defender la lengua, la cultura y las costumbres valencianas.

La falla del Ayuntamiento de Valencia dedica este año su monumento a Pensat i Fet.

 

Esteban Gonzalo Rogel

LA HUERTA ECOLÓGICA DE LUIS XIV

El Rey Sol transformó el parque de Versalles en una residencia de lujo donde  los mejores arquitectos y artistas de la época     desplegaron sus innovaciones. Toda iniciativa de ordenación del espacio estaba orientada a mostrar de manera eficaz y evidente, que el origen de la vida social y política descansaba en el poder absoluto del monarca, capaz de armonizar intereses divergentes, siempre dispuesto a conquistar la mayor grandeza para su país.
Pero el legado que dejó Luis XIV en la Francia del XVII no solamente permite comprobar en el escenario urbano de Versalles aquella estela de gobernanza absoluta que aplicó a sus actuaciones, sino también aspectos más privados de unas aficiones y gustos, que con frecuencia intentó alimentar a espaldas de los fastos palaciegos y los protocolos internacionales.
A escasos metros de palacio se reservó un espacio de 9 hectáreas, conocido como “Le Potager du Roi”,  para podar árboles frutales o cultivar exóticas legumbres que luego fueran ingredientes esenciales en los platos servidos en la Corte. Conocida era la pasión de Luis XIV por comer los primeros higos maduros de su huerta, que se enviaban a donde estuviera de viaje para calmar su ansiosa espera. El desafiante monarca de las guerras europeas se transformaba en agricultor apacible cuando de regreso a Versalles cogía la azada y las tijeras de poda en su ordenada huerta, más cercana a la fisonomía de un jardín clásico que a una huerta del campo valenciano.
Las legumbres crecían junto a numerosos árboles frutales, cuya forma especial de poda ofrece hoy ejemplares desarrollados en un solo plano, pegados a la pared o a estructuras metálicas, con largas ramas horizontales o verticales, auténticos brazos de candelabros gigantes, dispuestas a recibir todo el sol y el calor posibles entre muros que los protegían del mal clima.
Este capricho verde del Rey Sol ha llegado a nuestros días como sede de la Escuela Superior de Paisajismo del país vecino, donde se compagina la enseñanza práctica con la explotación intensiva de más de 900 especies de frutas y hortalizas selectas. La producción anual de 30 toneladas de frutas, en especial manzanas y peras, y de 20 toneladas de legumbres es una excelente fuente de recursos económicos que permite garantizar en parte la investigación y el cultivo con métodos ecológicos y naturales. La tienda de la escuela permite comprar esos productos para consumirlos en la cocina de casa. Pero la producción no es el objetivo principal del proyecto, ni tampoco la razón por la que se mantiene vivo y abierto. Se trata de mantener vigente una técnica tradicional de cultivar frutales y legumbres en la que la poda es el arte de construir con paciencia de años esculturas vivas a la vez que caducas.
Al visitante, y sobre todo si la estancia se produce en otoño, cuando los frutales duermen, estos aspectos visuales son los que más le sorprenden. El itinerario por las diferentes terrazas, el estanque central, el acceso de la puerta dorada del Rey, los invernaderos abiertos bajos las terrazas, el paseo intramuros que conserva el calor frente a los aires fríos y las bajas temperaturas, produce al observador la sensación fantasmagórica de estar rodeado por monstruos de siete o nueve brazos que miran al cielo tras años de esfuerzo e ingenio por conseguir esas caprichosas formas de cultivo de frutales.
La huerta diseñada por Jean-Baptiste La Quintinie (1624-168), un abogado transformado en precursor de ecologistas después de un sorprendente viaje por Italia, esta dividida en una treintena de cuadrantes, especializados en cultivos diversos, con las legumbres situadas en la parte central y los frutales entre los muros de los itinerarios circundantes. El mantenimiento de una de esas parcelas corresponde  a los estudiantes de la Escuela, donde compaginan la ordenación del paisaje, con el cultivo de la huerta y el cuidado de animales de granja.
La Quintinie fue precursor en los cultivos huertanos pues consiguió complacer el paladar de Luis XIV al ofrecerle las fresas maduras en marzo, los espárragos en diciembre, los higos a comienzo de verano y las cerezas en el mes de las flores. Esas técnicas siguen practicándose en la actualidad. Los monitores que informan al visitante en el recorrido insisten que pese a la carrera tecnológica del mundo actual, en la huerta de Luis XIV los buenos resultados proceden del amor a la tierra y a todo lo que puede producir con agua, abono  y poda adecuada en cualquier estación del año.

JAIME MILLÁS

EL QUEBRANTAHUESOS ( Gypaetus barbatus )

Única ave osteófaga del planeta, el Quebrantahuesos ( Gypaetus barbatus ) es un buitre territorial que está presente en algunas regiones montañosas de Europa, Asia y Africa.
Se distinguen dos subespecies, Gypaetus barbatus barbatus que es la más extendida y que se encuentra en las principales cordilleras de Eurasia y norte de Africa, y el Gypaetus barbatus meridionalis que se reparte por algunas montañas del este y el sur de África. La principal diferencia entre ambas es la ausencia de un mechón negro en la oreja del meridionalis. Su distribución coincide con la presencia de ungulados y ganado doméstico que son su principal fuente de alimentación.
Tiene diferentes tipos de plumaje en función de la edad sin presentar diferencias entre ambos sexos. Cabeza totalmente emplumada, los adultos y subadultos de color blanco o naranja y los jóvenes de color negro, que se va aclarando según va aumentando su edad.
La barba, pequeña en los jóvenes también va aumentando su tamaño. El pecho, vientre y calzas es moteado de color gris-marrón en los jóvenes hasta convertirse en color blanco o naranja en los adultos. En un principio tiene un escudo dorsal blanco en forma de V muy visible que va desapareciendo hasta tener la espalda completamente de color negro.
Su pico es fuerte y estrecho con una abertura bucal muy grande. Los ojos tienen un iris color marrón en los jóvenes y amarillo en los subadultos y adultos, rodeado de un anillo rojo que resalta más cuando se encuentra más nervioso o agresivo. En la parte superior de la cabeza tienen unas plumas negras y la cola tiene forma de rombo.
Se considera joven hasta los 36 meses, subadulto hasta los 60, y adulto a partir de esa edad.
Hasta finales del siglo XIX el Quebrantahuesos se encontraba distribuido por la práctica totalidad de los macizos montañosos de Europa. Su presencia en España quedo relegada a los Pirineos a partir de la década de los 80 en que desapareció el último ejemplar adulto de Andalucía. En los últimos años se observan Quebrantahuesos en la Cordillera Cantábrica, sobre todo en el Parque Nacional de los Picos de Europa donde en 2002 se puso en marcha un proyecto de recuperación del Quebrantahuesos. Desde el año 2006 al 2008 se han liberado un total de 9 individuos jóvenes en el Proyecto de Reintroducción de Andalucía.
En Pirineos se alimenta principalmente de cadáveres de ganado doméstico y de ungulados salvajes, de las carroñas que localiza en las áreas de montaña y en los puntos de alimentación suplementaria destinados para la especie y gestionados por Administraciones (Cataluña, Aragón y Navarra) y ONGs.
Se puede observar esta especie en el Pirineo en el Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara, Parque Natural de los Valles Occidentales y sobre todo en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido (Huesca-Revilla), en el Cañon de Escuain, quizás el mejor lugar del mundo para su observación.
Es imprescindible resaltar la labor de la Fundación para la Conservación del Quebrantahuesos, con sede principal en Zaragoza,  Eco Museo-Centro de Visitantes del Castillo de Ainsa , Estación Biológica Monte Perdido (Revilla) y en el Centro Las Montañas del Quebrantahuesos en Benia de Onis (Asturias).
Esta fundación se dedica a promover y desarrollar proyectos de conservación en los hábitats de montaña en los que vive esta especie. Es una entidad privada sin ánimo de lucro y declarada de utilidad publica. Su página web es   www.quebrantahuesos.org

                                                                                                  Guillermo Fau

PAISAJE SIN LEYENDA

La verdad de lo que siento
no es verdad porque lo sienta
es verdad porque lo cuento.

José Bergamín

Este otoño está siendo especialmente combativo; días atrás las lluvias torrenciales arreciaron por las zonas próximas a la Foia de Alcoi y por barrancos y ramblas que normalmente permanecen secos, bajaban aguas con el ímpetu desencadenado por las plomizas nubes, fieles servidoras del temporal de levante.
En lugar no determinado de un atropellado relieve, donde las sierras de Cantacuc y Foradada se tocan, nace el barranco de Margarida, salvaje y sinuoso curso que a partir del puente de Calderes se convierte, por obra de historias moriscas, en el indisciplinado torrente de l’Encantada.
El discreto bloque de la sierra de la Albureca se ve atravesado por el juego de las aguas que corren por este camino llenándola de rincones evocadores de leyendas arrebatadas al espíritu. A partir de su contemplación se desató hace unos cuantos siglos, la fantasía colectiva de las gentes que han habitado los aledaños del barranco de l’Encantada, como desatada era la fuerza que el agua arrastraba este otoño revuelto y provechoso.
Se cuenta que una bella doncella mora salía cada cien años al encuentro de caminantes distraídos para otorgarles sus dones virginales y, como premio a tan terrenales uniones, les ofrece un tesoro custodiado por ella. Sus pechos resplandecen como la plata iluminados por la luna y su voz resuena como un laúd suave y certero hacia los conmocionados parroquianos que, aturdidos por la velada y sensual figura, no supieron muy bien como explicar en sus lugares de origen el desenlace carnal; sin embargo de los caudales nada más se supo. Se dice que la aparición centenaria se venia cumpliendo religiosamente, aunque no hay fecha fidedigna para la próxima, y más aún, para no dar pistas, unas veces sorprendió al arriero de Planes en el estanque del Salt, y otras escogió el Clot del Molí para el vecino de Catamaruc, así que la legendaria joven iba pintando l’Encantada con el profano color del deseo de sus amantes.
Y ese recuerdo ancestral, primitivamente mágico, clavado en cada de las grietas del edificio de piedra, me contagió su aroma a lo largo del recorrido.
Cuando apareció ante mí el “toll del Salt”, no hicieron falta historias populares, pues la corriente viva del agua emancipada de las apreturas de cauces y riberas, se dejaba caer al lago como melena al viento, y con la soberanía de los espacios abiertos saltaba deshaciéndose en diminutas gotas en vuelo libre para extenderse en el “toll” y romper con su ruidosa percusión el espejo uniforme del agua.
Cualquier cosa hubiera dado yo por ser alguna de aquellas gotas viajeras, salpicar sobre la dura roca y ablandarla a golpecitos suaves y resbalar por unos instantes sobre las hojas del aladierno limpiándolas del polvo del camino, y reposar en el fondo de cieno y algas para acabar alimentando a culantrillos cuando desde las rocas bajaran a beberme.
De nuevo sobre el camino, volvió el mundo real sobre una chopera que exhibía sin pudor un último esfuerzo por deslumbrar con su dorada luz antes de desnudarse para el invierno.
Si el año circula como un tren, de estación en estación, la más esperada para mí es el otoño que, aunque tiene el aspecto de final trágico, tal cosa no es cierta en absoluto; las hojas de los árboles lucen colores insospechados para cualquier otra época del año y cuando, moribundas caen, ablandan el suelo dejándolo mullido, preparado para alimentar a los diminutos seres constructores del bosque.
Por encima de las aristas de la Penya de l’ Espill, el paso de las nubes otoñales era lento y tenaz, esos cirros que el viento del oeste alarga en formación como jinetes que avisan de buen clima. Las nubes mensajeras se desplazan con parsimonia, se toman su tiempo y construidas por cristales helados aparecen livianas, finas transparencias que rasgan el azul del cielo. Pero no hay que olvidar que tras la paz viene la guerra y también en otoño, el carácter mediterráneo alegre pero belicoso, se adueña del mar donde se preparan batallas pendientes desde el verano que se libran, por cuestiones estratégicas, en estas montañas.
La leyenda de La Encantada es fascinante como todas, pero se esfumó como las nieblas que pululan desorientadas por los valles cuando el calor del sol las disuelve, porque la doncella hizo la maleta con su hechizo a cuestas siendo empujada por el viento del olvido. Por este motivo, cuando me asomé al Clot del Molí no apareció su imagen entre la espuma de la inquieta agua y no se oyeron sus canciones sobre los resaltes rocosos del Tossalet de la Dona, crestones hilvanados como un encaje de blonda recortando el amenazante caminar de las nubes.
Sin embargo, tras una estela de encantamientos, nos dejó desinteresadamente el tesoro que había guardado durante tantos siglos. El misterio y su protagonista se alejaron, pero el hermoso paraje que los había visto nacer y morir quedó como testigo que hablaba por sí mismo.
Ahora los sobresaltos del torrente salían a mi encuentro sin intermediarios y las joyas ocultas que la leyenda cuenta, aparecieron a la vista sin condiciones ni promesas, los frutales ofreciendo los frutos tardíos, el gemido del agua despeñándose a tumba abierta, el aroma húmedo y embriagador de las huertas del molino y la senda escueta y mojada que llevaba hasta la misma orilla.
Siguiendo el murmullo del agua, atrás quedó el Molí junto a su Clot y, con la senda por delante, un valle más fascinante que mil diademas de oro agareno, parecía perderse finalmente allá abajo en el río Serpis. Cóncavo, femenino y enérgico, l’Encantada sostenía sobre su piel al más puro matorral mediterráneo sometido hace años a la cruel disciplina del fuego.
Sin menospreciar el espectáculo apoteósico del valle, en los momentos previos al silencio y la atonía del inverno, la Zoraida (“mujer cautivadora” en árabe) del cuento había sacado del escondite miles de perlas en forma de campanitas de color rosado que formaban un jardín deleitoso al borde del sendero. La planta de aspecto nupcial responde a varios nombres, el solemne Erica multiflora, el jocoso “petorrets”, y por fin, brezo, para entendernos. Sus caricias y l’Encantada ese día me robaron el corazón.
Es muy frecuente caminar por la montaña compartiendo el espacio con coscojas, jaras, aliagas y otras plantas gregarias que en salvaje complicidad ciñen libremente nuestro paso y encontrarse de pronto ante un sendero con la anchura necesaria para contener un vehículo, una casa de escasas pretensiones, un pequeño territorio cultivado con síntomas de mayor o menor despreocupación y posiblemente un perrito ladrador y valiente detrás de una valla consistente en una retahíla de artilugios caseros como rejas o viejos somieres sacados de contexto. Pero, en otras ocasiones más afortunadas, la interrupción del éxtasis natural se produce con suavidad y encanto; así fue mi llegada a la Casa de Saribel, situada en una explanada, avanzadilla de la sierra hacia el corredor del Serpis. La vivienda dotada de algunos elementos de moderna tecnología, queda un tanto alejada de un recoleto mirador a la antigua con una separación aproximada de un siglo entre ambos.El balcón se encuentra sombreado por altos pinos salvados del incendio que abarcó todo lo que la vista alcanza sobre la sierra de la Albureca. Desde sus bancos de piedra pueden verse las paredes oscuras del Cantalar, la dorada cresta del Benicadell, la ladera del barranco de Mitja perdiéndose entre los cerezos y almendros en un fondo indefinido y se puede respirar el aire de la tarde cuando, por detrás de los cipreses de la ermita del Santo Cristo de Planes, parece deslizarse hacia el horizonte el cielo más púrpura que el otoño puede diseñar.
Descendiendo por un aéreo camino por encima de altas peñas sobre el Tossal de la Cova de la Vila, disfruté de la profundidad del último tramo del valle mientras las paredes de la sierra de la Albureca abrazaban a la corriente hasta su desembocadura.
Finalizó l’Encantada sus días en un tumultuoso encuentro acuático con el Serpis desconcertando esta vez a un hermoso bosque de ribera enmarañado en el suelo y diáfano en las copas y sentí como se alejaba la leyenda, río abajo camino del mar y del exilio como lo hicieron hace siglos “los siervos de Allah que caminan por la tierra humildemente”…
Hasta hace pocos años, las joyas vigiladas por la dama del sortilegio fueron buscadas con tesón por las gentes de los valles cercanos sin resultado, sin embargo ahora quedan al alcance del que sabe mirar los paisajes más triviales con el corazón, dejando que se lo roben de vez en cuando.

Texto: Teresa Casquel
Foto: Guillermo Fau

EL MITO Y LA FLOR

Después de un invierno durísimo, frío, lluvioso incluso nivoso, durante las primeras excursiones propiamente primaverales los campos de asfódelos han crecido de forma desmesurada por las laderas y praderas de nuestras montañas.
Este año se extienden como una gran mancha blanca y es espectacular su porte, sus flores estrelladas y hojas lanceoladas (similar a punta de lanza) que crecen al pie del tallo erecto que sostiene a sus flores.
Al gamón no le duelen prendas en soltar su energía vital de forma abrumadora,  pero su vigor es efímero y como nadie atiende a sus ruegos de perseverar, en pocos días desaparece de la faz de la tierra para refugiarse en el mundo subterráneo hasta la siguiente eclosión anual, así que conviene estar atentos desde abril a julio para descubrir esta maravilla del suelo mediterráneo.
Rebuscando por libros y guías botánicas el Asphodelus ramosus aparece con una amplia colección de denominaciones, sobre todo en nuestra lengua valenciana: “Gamó”, “albó”, “porrassa”, “caramuixa”, “ceba de moro”, “vareta de Sant Josep”, “cebollí”, “asfòdel”, y en algunos pueblos de Castellón se le llama “arsénico” por su alta toxicidad.
Y es que, a pesar de su fugaz paso por la montaña, es una planta que deja huella para bien o para mal; del mismo modo que algunos poetas la han tomado como un referente de pureza para sus obras, y los excursionistas nos deleitamos con su presencia, los pastores la consideran puro veneno porque su contacto causa en cabras y ovejas incómodas descomposiciones y otros trastornos.
Sin embargo lo que más me ha llamado la atención ha sido comprobar como desde la Antigüedad se la ha incluido en la mitología y ese protagonismo con los mitos griegos es estrecha ya que Homero las convierte en transmutación de las almas de los difuntos pero con una categoría de escaso nivel; como en la religión cristiana, la mitología helénica distribuía en espacios separados a las almas tocadas por la muerte según sus posiciones ante el bien y el mal; así, en los Campos Elíseos se depositaban las bondadosas y pacíficas almas de los buenos; una tierra de castigo, oscura, tormentosa y doliente que se hallaba detrás del Palacio de Hades, se reservaba para las perversas y ennegrecidas almas de los ruines; decidido esto por los dioses, quedaban sin colocar aquellos espíritus que, ni puros ni corruptos, habían pasado una vida sin pena ni gloria en un aburrido pasar de sus días; por fin se determinó enviar a estos difuntos anodinos a un lugar donde, sobre tiernas praderas primaverales, crecían los asfódelos.
Este y otros mitos tienen como protagonistas a estas plantas; en ellos se palpa un profundo sentido funerario de los asfódelos; sus raíces entroncan con las profundidades de la tierra, el inframundo griego, allí donde la vida no existe, pero se mantiene en sus bulbos la esencia de un nuevo renacer primaveral, quizás también la vana esperanza de alcanzar el paraíso para los deslucidos espíritus que deambulan errantes en este limbo homérico.

Texto: Teresa Casquel
Fotos: Guillermo Fau
Bibliografía: Bestiari de Martí Dominguez. Edicions 3 i 4. Año 2000

LA FLOR DEL INVIERNO

Vamos a comenzar con unos presuntos malos olores.
El eléboro fétido (Helleborus foetidus), marxívol en valenciano, no huele mal como su apellido da a entender y no lo hace porque ninguna flor esparce aromas repugnantes a no ser que se encuentre en determinadas circunstancias estresantes, ¡sí estresantes!, como verse encerrada en una habitación de por vida o en peligro de muerte inminente por arrancamiento, y en este caso se encuentra el eléboro fétido; en esos cruciales momentos y sólo en ellos, unas sospechosas glándulas al final de unos pelillos de sus flores, podrían ser las desencadenantes de vapores nauseabundos que no son otra cosa que la queja justificada del vegetal. Las flores deben oler bien, sobre todo las melíferas como ésta, pero de eso hablaré más tarde.
La conclusión es que el apelativo “fétido” carece de sentido en un noventa y nueve por ciento de la vida de esta planta.
Es el momento de dejar zanjado el tema olfativo para pasar a otra cuestión de la azarosa vida de la planta de verdes flores. La ligereza con que en la Edad Media se asignaban poderes curativos a algunas plantas, hicieron que a ésta se la considerara una panacea en la cura de dolencias tan variadas como víctimas de muerte súbita hubo entre sus desafortunados y cándidos usuarios; las virtudes que médicos inexpertos vieron en la seductora pero no inocente apariencia de la planta venenosa, hizo el resto y la “rosa de serpiente” se llevó al otro mundo a muchos creyentes convencidos de sus propiedades.
Oculta en los rincones más oscuros de las raíces del eléboro, la helleborina es una sustancia tóxica que se pasea luciendo una mercancía capaz de paralizar corazones y conexiones nerviosas y lo que, en prudentes dosis podría ser un tónico cardíaco similar a la digitalina, se convierte en un violento y certero veneno al oponer una fuerte resistencia a abandonar el flujo sanguíneo de los cuerpos en los que se introduce.
Pero aún hay más; en las artes de la hechicería se la consideraba néctar del Maligno y toda clase de aviesas intenciones difamatorias flotaban en frescos bosques caducifolios donde crecía junto a los conjuros que pretendían contrarrestar el influjo de turbadores poderes satánicos. Consecuencia de esta fama en Francia se la conoce como “pan de culebra”.
Los eléboros nacen en hayedos, robledales y otros reinos donde nuestra fantasía nos convierte en magos y las sombras juegan al escondite entre los troncos y helechos; en tal escenario sus formas no pueden pasar desapercibidas porque, sobre el mullido suelo forestal, se forma un diminuto jardín de hojas como palmeras tropicales entre las que avanza erecto, un tallo con brácteas, que no hojas, cobijando a flores que cuelgan como campanas mirando al suelo del que proceden.
Frente a todo pronóstico, esta “flor de invierno” consume sus días entre gélidas temperaturas con una tenacidad inaudita para las que se consideran flores de estaciones más ardientes. Entre nieves y brumas inyecta en sus cuencos un néctar tan atractivo que, de forma tímida primero y arrebatadora más tarde, es imán de abejas que acuden a esta planta melífera en tan inusual momento.
Esta contradictoria planta convierte su perverso maleficio en virtud melífera desconcertando, como en tantas ocasiones, a los observadores de la naturaleza.

Texto: Teresa Casquel
Fotos: Guillermo Fau

NO ÈS CASUALITAT

No ès casualitat que la falzia s’amague al costat de un brollador petit, fresc i humit.
Els cabells de Venus com també son conegudes les falcies, ostenten vivenda luxosa, petita i amagada al costat de algunes fonts.
Al contrari que altres falagueres mes ampuloses que extenen els seus braços entrellaçant-se unes i altres, cobrint tota la ladera i perdent la seua individulitat, la falzia roman discreta, pot ser aclaparada per la luxuria que l’envolta. Aquesta planteta a ran de terra no te consciència de grup, creix una per aquí, altra per la banda de dalt, sempre a la vista de la font que la nodreix. En recondits ullals de les muntanyes i amb la molsa per companyia mès propera, es fa present als ulls curiosos amb la luminositat necesaria. Ni poca, ni molta.
Però la seua aparent insignificancia no impedeix que la suau brisa del barranquet o el corrent d’aire que s’arremolina al costat de la caiguda de l’aigua, provoque un moviment ondulant de les fulles suportades pels oscurs fils de les seues branquetes que botanicament són rizomes.
No és casualitat que siga flexible, deixant resbalar l’aigua sense mullar-se, animant-la a continuar el seu camí.
En són moltes les falcies que pasen desaperçebudes als ulls distrets, tan sols qui las cerca, atent a l’interior del seu bosc les troba en el lloc mes profund. És com la nostra essència mes amagada que de sobte i entre boires, te presencia i ens converteix en nosaltres mateixos.
Per aixó, no ès de cap manera casualitat, trobarse amb elles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto:Teresa Casquel
Fotos: Guillermo Fau

AVE VALENCIA-MADRID: DIÁLOGOS SOBRE EL TERRITORIO Y ESCENAS DESDE EL TREN.

Isabel Bonig, Consellera de Infraestructuras, Territorio y Medio Ambiente de la Generalitat Valenciana, presidió el pasado 19 de Diciembre en la estación Joaquín Sorolla la  presentación del libro que su departamento ha patrocinado para conmemorar el primer aniversario de la inauguración de la línea de alta velocidad entre Valencia y Madrid.

Inmaculada Aguilar Civera, Directora de la Cátedra Demetrio Ribes de la Universidad de Valencia, ha sido la coordinadora de una obra que trata sobre los atractivos y particularidades paisajísticas, productivas y culturales de las sucesivas comarcas que atraviesa el rápido tren desde el embalse de Contreras, linde con Castilla La Mancha, hasta la finalización del viaje en la ciudad de Valencia. Tras el prólogo de la Consellera, en el primer capítulo Inmaculada describe los paisajes de la ruta y la historia de los transportes entre la Meseta y Valencia para, a continuación, dar paso a los ingenieros y catedráticos que han desarrollado su labor descriptiva viajando en sentido descendente hasta finalizar en Valencia, capital cuya amplia cultura urbana y metropolitana ocupa 47 páginas, casi la cuarta parte del libro.

Mención especial merece la información gráfica, en la que además de históricas imágenes, planos y mapas, destacan espléndidas panorámicas, incluso a doble página ( 60 x 21 cm.).

                                                                                   Esteban Gonzalo

 

LA AVPYETUR PROPONE OTORGAR EL PREMIO CAVANILLES 2011 A LA PROTECCION DE LA ALBUFERA DE VALENCIA. Por Francisco Gregori

La cuenca hidrográfica de La Albufera se ubica entre las de los ríos Turia, al norte, y Júcar, al sur[1], con una superficie de 917 km2, de una altitud media de alrededor de 150 metros. La profundidad del lago es escasa, con una media inferior a los 80 centímetros, aunque en algunos puntos llega a alcanzar los dos metros.

Ya en la época romana, el lago y su entorno, con más de 30.000 hectáreas, gozaron de especial admiración por su paisaje, vegetación y fauna. El rey Jaime I anexionó La Albufera y su Devesa al Patrimonio Real, y durante la Edad Media todos los monarcas propiciaron su protección, reservándose el dominio y prohibiendo expresamente su enajenación. El lago y su entorno sólo dejan de pertenecer al Patrimonio Real desde 1708 por la cesión de Felipe V al Conde de las Torres, hasta la recuperación por Carlos III en 1761, y por el regalo de Carlos IV a Manuel Godoy, hasta 1808. En ésta época la superficie del lago era de 13.972 hectáreas (cinco veces superior a la actual).

En 1873, por aplicación de las leyes desamortizadoras, el lago y su entorno pasaron a ser Patrimonio del Estado, y desde entonces se produjo un proceso de deterioro por la dejadez del Estado, que propició las apropiaciones de superficies lacustres por particulares, mediante aterramientos incontrolados para ganar terrenos agrícolas. En este desafortunado período, el lago sufrió una notable reducción, pasando de 8.130 a 2.896 hectáreas, en beneficio de la ampliación de la superficie del arrozal. Este fue el primer gran proceso de actuación negativa del hombre para La Albufera, pues hasta entonces la protección de que había sido objeto por parte de la Corona había permitido el mantenimiento de sus condiciones naturales.

Ello determinó que los responsables municipales intentaran conseguir la titularidad de la laguna, siendo la primera solicitud de mayo de 1905. Ley de 23 de junio de 1911, de las Cortes Generales, dispuso la cesión en propiedad, por parte del Estado, de la laguna de La Albufera y del bosque denominado La Devesa de La Albufera, al Municipio de Valencia, por el precio de 1.072.980 pesetas (921.819 pts. por la laguna y 151.160 pts. por el bosque). Dicha cesión se materializó el 28 de mayo de 1927, y en 1959 fue inscrita en el Registro de la Propiedad a favor del Municipio.

El Municipio de Valencia, al recibir el lago se comprometió a no desecarlo y a conservar el suelo de la Devesa como monte.

Esta situación se mantuvo sin apenas modificaciones hasta la década de los años sesenta, cundo dieron comienzo una serie de profundos cambios que, en un plazo sumamente breve, produjeron una importante disminución de los valores naturales en el aspecto cualitativo, a diferencia del período comprendido entre 1873 y 1950, en el que la alteración fue de carácter cuantitativo al reducirse la superficie del lago. En los años 80 el lago y su entorno se habían convertido en un espacio natural sumamente antropizado, que soportaba unos usos de suelo muy intensos, de tipo industrial, turístico y agrícola, la urbanización descontrolada del espacio litoral, la contaminación de los ecosistemas acuáticos, y cuyas consecuencias fueron la ruptura del equilibrio entre el hombre y su medio. El deterioro del agua del lago y la degradación de los sistemas dunares de la Devesa, alcanzaron tales niveles que prácticamente se les llegó a dar por perdidos.

Todo ello determinó que el Excmo. Ayuntamiento de Valencia, propietario del Espacio Natural, solicitara a la Generalitat, como Administración competente para establecer medidas legales de protección, conforme a la Ley 15/1975, de 2 de mayo, de Espacios Naturales Protegidos, el establecimiento de medidas legales de protección para “el sistema conformado por el lago de la Albufera de Valencia, su entorno húmedo y la barra o cordón litoral adyacente a ambos

La Generalitat asumió la petición, “ante el carácter de urgencia que la intensa degradación ambiental del espacio requiere,…el objetivo de una rápida y eficaz protección de la Albufera y su entorno” (EM del Decreto de protección), y publicó el Decreto 89/1986, de 8 de julio, del Consell de la Generalitat Valenciana, de régimen jurídico del Parque Natural de la Albufera, desde cuya vigencia (el 24-07-1986), la Albufera de Valencia, principal zona húmeda de la Comunidad, es el primer espacio natural declarado Parque Natural por la Generalitat.

El Decreto da por sentada la importancia del espacio natural, pero  reconoce la necesidad de “establecer una regulación de actividades que haga compatible el uso ordenado del espacio con el mantenimiento de los valores ecológicos”. Por ello, entre las distintas modalidades que la legislación contemplaba para la protección de espacios naturales, consideró que la de “Parque Natural” “es la más adecuada,…por permitir compatibilizar una adecuada protección del medio natural con el mantenimiento ordenado de los usos y aprovechamientos tradicionales y con el fomento del contacto entre el hombre y la naturaleza”.

El Decreto señala su ámbito territorial (art. 2), establece disposiciones de protección de carácter general (art.3), prevé un Plan Especial, de acuerdo con la legislación urbanística, y que contendrá unas determinaciones mínimas (art.4), prevé un Plan de Gestión (que fue aprobado por el Decreto del Consell 259/2004, de 19 de noviembre) (art. 5), establece la Junta Rectora del Parque Natural (art. 6), el Consejo Directivo (art. 7) y el Director-Conservador (art. 8). Como Anexo A contiene una “Delimitación del Parque Natural de La Albufera”, y como Anexo B la cartografía del ámbito de dicho Parque.

Transcurridos veinticinco años desde la entrada en vigor del Decreto protector, la visita al Parque nos permite apreciar a simple vista la recuperación del espacio natural. Pero lo más importante es destacar la colaboración general y espontánea de la sociedad en el mantenimiento y mejora del Parque, lo que confirma el aserto jurídico de que las normas no entran en vigor cuando se publican, sino cuando entran en la conciencia social.

Por ello, la real configuración de un sistema de protección de la Albufera y del monte de la Devesa, que subsiste y progresa en la actualidad, y que acaba de cumplir los 25 años, son merecedores de un reconocimiento, por lo que la AVPYETUR propone este año se le conceda el Premio “Cavanilles 2011”. Francisco Gregori.



[1] Equipo Técnico de la Agencia del Medio Ambiente, integrado por Carlos Auernheimer Arguiñano y otros. “Apéndice a la Guía de la naturaleza de la Comunidad Valenciana”, Levante-Agencia del Medio Ambiente de la Generalitat Valenciana, 1990.