SE CUMPLEN CIEN AÑOS DE LA CREACIÓN DE LOS DOS PRIMEROS PARQUES NACIONALES ESPAÑOLES: PICOS DE EUROPA Y ORDESA, MONTE PERDIDO.

El 22 de julio de 1918 una extensa zona de montañas de Picos de Europa, situada entre Cantabria, Asturias y León, recibía la consideración institucional de protección bajo la denominación de Parque Natural. El 16 de agosto del mismo año, El Valle de Ordesa, junto a los valles de Pineta y Añisclo, al igual que Picos de Europa, se beneficiaba de un marco legal que garantizaba su conservación bajo la figura jurídica de Parque Natural. Dos destacados sectores de la alta montaña española se convertían en un temprano referente social de la protección de la naturaleza, con el compromiso por la defensa de la integridad y la belleza de los paisajes, garantizando por ley el mantenimiento de su inmensa riqueza medioambiental, de sus valiosos ecosistemas, refugio de la fauna salvaje en vías de extinción e impidiendo, por ordenamiento estatal, que el atropello del desarrollismo industrial y las viciadas prácticas de explotación de los recursos naturales, los deteriora o destruyera. Los parques introducían y fomentaban una visión social de respeto de la naturaleza, la valoración de sus enseñanzas, con la obligación de mantener su pureza y sostenibilidad como un bien patrimonial, legado para las futuras generaciones. Con la primera ley de Parques Naturales, España fue uno de los países pioneros de Europa en la defensa del medio ambiente.

LOS PICOS DE EUROPA

Dice la tradición que el nombre le viene dado al macizo por ser sus montañas lo primero que divisaban los marinos cuando navegaban hacia las costas españolas y descubrían, todavía en la lejanía, las crestas de las cimas sobre el horizonte azul que anunciaban tierra firme. Salvajes montañas calizas surcadas de profundas canales y fracturadas por un complejo entramado de fallas que despejan cordales y cresterías, soberbios acantilados y talladas cumbres: un paraíso de la escalada, privilegio de los caminos verticales en el laberinto rocoso de las paredes, en el marco de sobrecogedores paisajes abiertos sobre el imponente caparazón calizo del sistema, de grises y blancas tonalidades destacadas sobre el verde de los prados.

El Naranjo de Bulnes, El “Picu”.- Por excelencia, la majestad de esta colosal montaña, la convierte en una de las más bellas de Europa. Solamente accesible mediante la escalada, su fascinante y elegante silueta es un símbolo e icono del alpinismo español. El 15 de agosto de 1904, Don Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa de Asturias y el montañés Gregorio Martínez, más conocido por el apodo de su pueblo natal, El Cainejo, coronaban la cumbre virgen del Naranjo, considerada hasta el momento como inaccesible. Con esta memorable y audaz escalada, de extrema dificultad para la época y donde tantos escaladores de élite internacional habían retrocedido, España se incorporaba con todos los honores al montañismo europeo, a la emotiva entrega personal de ascender a las cumbres veneradas, al alpinismo como titulación de una forma de vida y sentimiento de cara al hechizo de las montañas.

Don Pedro Pidal participó de manera decisiva en la creación de los dos parques que nos ocupan, así como en la elaboración del decreto de Parques Naturales, intervención avalada por su reconocido prestigio como ilustrado, humanista y diputado a Cortes por Asturias en varias legislaturas. Al evocar su figura, humana e intelectual, nada mejor que traer sus versos a estas reflexiones, reflejo de su apasionada mirada a sus amadas montañas: Debajo de estos húmedos helechos / Que reciben el agua de los Picos / Y arrimado a esa roca enmohecida / por los inviernos fríos / dejaré que mis huesos se deshagan / a través de los siglos.

Unido a la figura de Don Pedro y a su idealizada visión de los Picos de Europa, la audacia y vigor del Cainejo, hizo posible la mítica escalada. Dos hombres, profundamente diferenciados por sus orígenes sociales y estrechamente vinculados a sus montañas, protagonizaron con la fusión de sus valores personales, sentimientos, fuerza y voluntad, un emotivo episodio de la conquista de las cumbres.

ORDESA Y MONTE PERDIDO

El Valle de Ordesa es, sin duda, uno de los parajes más bellos de Europa. El profundo surco erosivo del valle y las cumbres que coronan su alta cabecera, con la segunda montaña por su altitud en la cadena pirenaica, el Monte Perdido (3.355 m.), conforman uno de los conjuntos montañosos más hermosos del Pirineo. Soberbios paisajes esculpidos por la potente masa glaciar que ha dejado su huella en espectaculares cañones, en los quebrados roquedales, en los largos murallones flanqueando escarpadas pendientes y en las redondeadas cimas señeras de las Tres Sorores, en un escenario sin fin de sorprendentes y cautivadores paisajes.

Macizo calcáreo en su totalidad, Monte Perdido es la cumbre más elevada de Europa dentro de esta característica litológica. Un potente armazón de roca, cuarteado y cincelado por las fuerzas de la naturaleza, se prodiga en múltiples paisajes de prodigiosa arquitectura. Los acusados desniveles de base, desde el pie en los valles a las elevadas cotas por encima del los 3000 metros de las cimas, dominio de las nieves perpetuas que singularizan y transforman la morfología del territorio, generan un rosario de excepcional biodiversidad en la alternancia escalonada de pisos vegetales e influencias climáticas, configurando un santuario botánico y forestal, el más importante del Pirineo, donde campa con libertad la vida salvaje de una variada fauna.

Andar entre el rumor de los arroyos, el fulgor de las cascadas, por bosques y prados o afrontar la dureza de las ascensiones y escaladas de alta montaña de esta geografía indómita, es una inolvidable experiencia de encuentro con la naturaleza, de vivir e intimar con sus mágicas manifestaciones y enseñanzas.

Rafael Cebrián Gimeno